Valentina.
Vestida solo con mi camisón borgoña de seda.
El mismo que Emiliano me había regalado en mi cumpleaños.
El mismo que yo había guardado para noches especiales que nunca llegaron.
Valentina salió descalza, con el cabello rubio desordenado, los labios hinchados y una mordida reciente en el cuello. Sus ojos azules se abrieron al verme. No vi vergüenza. No vi arrepentimiento. Vi miedo. Un miedo animal, puro, helado.
Y ahí estábamos.
Mi marido.
Mi hermana.
Mi dormitorio.
Mi camisón.
Mi cama.
Mi vida.
Sentí que algo dentro de mí no se rompía, no.
Se apagaba.
—Puedo explicarlo —dijo Emiliano por fin.
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