Hubo un silencio.
—¿Qué pasó?
—Encontré a Emiliano con Valentina. En mi cama.
La respiración de Ximena cambió de golpe.
—¿Tu hermana Valentina?
—Sí.
—Hija de su… Isabela, te juro que si los tuviera enfrente…
—No necesito eso. Necesito una abogada. Mañana mismo.
Ximena, que había sido mi amiga desde la universidad, trabajaba en el área legal de una empresa grande y conocía a medio mundo. Me dio el nombre de una especialista feroz llamada Paloma. La anoté con la mano temblorosa en un recibo viejo.
—Voy para tu casa —dijo Ximena—. No te quedes sola.
—Quiero estar sola.
—No deberías.
—Lo necesito.
Al final accedió con la condición de que le escribiera si me venía abajo en la madrugada.
No dormí.
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