PARTE 3
Ramiro llegó tarde al auditorio, como si todos debieran esperarlo.
Traía un traje gris hecho a la medida, zapatos brillantes y un reloj de oro que probablemente costaba más que mi coche. Valeria iba a su lado, con un vestido blanco ajustado y una sonrisa ensayada para las cámaras. Ya no era la muchacha de diecinueve años, pero seguía mirando como si el mundo le debiera admiración.
Cuando pasaron junto a mí, Valeria se detuvo.
“Lucía, qué tranquila te ves para todo lo que has vivido”, dijo con burla.
“Quince años enseñan mucho”, respondí.
Ramiro sonrió de lado.
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