Le contaba cosas sin pensarlas. Le hablaba de Gerardo y de cómo el río lo había tragado sin darle tiempo a despedirse. Le hablaba de Benito y del miedo de no saber si podría mantenerlo vivo. Le hablaba del camino, de la suegra, del cansancio que traía metido en los huesos. El potro la seguía con sus ojos enormes y de vez en cuando resoplaba como si contestara.
Para la segunda semana, la cría ya caminaba mejor. Al principio daba pasos descompuestos, cómicos, casi tristes. Luego empezó a trotar trayectos cortos. Después a seguirla a la huerta y de vuelta. Rosario se dio cuenta de que, cada vez que se alejaba demasiado, Aurora levantaba la cabeza y la buscaba con una ansiedad que no disimulaba. Aquel animal no solo la había elegido. La estaba amarrando a la vida con una cuerda que ella no veía, pero sentía.
La primera persona que llegó al rancho fue una mujer pequeña y ancha llamada doña Querubina.
Apareció una mañana en el portón, con rebozo oscuro y canasto en la cintura, y se quedó esperando sin cruzar. Rosario la vio desde el solar y fue hasta ella con Benito cargado al hombro.
—Vi humo saliendo de la chimenea tres días seguidos —dijo la mujer, mirándola con ojos vivos y atentos—. Y como esta casa estaba cerrada desde que murió don Fermín, vine a ver si el difunto había resucitado o si el cielo me estaba mandando trabajo.
Rosario no supo si reír. La otra sí sonrió, apenas.
Se presentó como partera y curandera de la región. Dijo que había ayudado a nacer a media comarca y a enterrar a la otra mitad. Rosario le contó la verdad sin adornos: que venía de lejos, que no tenía a dónde ir, que había entrado al rancho por una noche y esa noche se había convertido en días, que tenía un bebé y un potro huérfano y muy poca idea de lo que estaba haciendo.
Doña Querubina escuchó sin meter una sola palabra.
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