Después recorrió con la vista las ventanas abiertas, la ropa tendida, la hierba cortada alrededor de la casa, las gallinas, el fogón limpio. Miró a Rosario de arriba abajo, no con desprecio ni con lástima, sino como quien calcula la raíz de un árbol por la forma del tronco.
—Don Fermín murió hace unos seis meses —dijo al fin—. Solo. Lo encontró el carretero de los viernes. Nadie vino a reclamar nada. Ni hijos, ni hermanos, ni sobrinos. Nada.
—¿Y la tierra? —preguntó Rosario.
—La tierra… —Querubina se acomodó el rebozo—. La tierra buena siempre encuentra quién la trabaje. A veces eso importa más que los papeles.
No explicó más. Pero antes de irse dejó en la banca del porche un envoltorio con harina de maíz, tocino y un manojo de hierbas.
—Para el té —dijo—. Ayuda a que baje la leche. Una madre que amamanta no debe pasar sola estas cuentas.
Volvió dos días después con un bote de leche recién ordeñada.
—Doña Piedad, camino arriba, tiene vaca buena —explicó—. Mandará leche por las mañanas con un muchachito. No es caridad. Aquí la necesidad nomás cambia de casa con los años.
Y así fue.
Cada amanecer aparecía en el portón un niño descalzo de unos diez años con un bote de leche tibia. Lo dejaba en la banca, saludaba con la cabeza y salía corriendo. Rosario empezó a repartirla entre Aurora, Benito y ella misma. Con eso el potro ganó fuerza. Benito también. Y Rosario sintió por primera vez en semanas que el cuerpo dejaba de consumirse.
Fue en esos días cuando se atrevió a sembrar.
Encontró un frasco con semillas viejas y apartó un pedazo de tierra húmeda en el bajío que alimentaba el manantial. Recordaba a su madre sembrando de niña. No mucho, apenas movimientos: cómo abrir la tierra, cuánto meter el dedo, cómo cubrir sin ahogar. Sembró col, frijol y calabaza con la humildad de quien no sabe si la tierra la va a aceptar.
La tierra respondió.
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