Empujó la madera. El portón rechinó como si protestara por costumbre, pero cedió.
La casa por dentro olía a polvo, a madera vieja y a tiempo detenido. Había una mesa al centro, dos bancas, un fogón apagado, un quinqué de petróleo cubierto de gris, un rosario colgado de un clavo, una cama de fierro con colchón de paja, un baúl cerrado con candado. El techo, sin embargo, seguía entero. No se olía humedad. No se sentía ruina completa. Más bien parecía una casa aguantando la respiración.
Rosario se sentó en la banca con Benito en brazos y le dio pecho en silencio.
El niño mamó con los ojos cerrados, entregado, como si no existiera más mundo que el latido de su madre. Ella miró alrededor y pensó lo único que su cansancio le permitía pensar: aquí hay techo para esta noche. Lo demás vendrá después.
Cuando terminó de acomodar al niño en el colchón de paja, escuchó el sonido.
Era un llamado fino, débil, desgarrado.
No era pájaro. No era animal del monte. Era el sonido de una cría llamando a alguien que ya no venía.
Rosario dejó a Benito rodeado por la maleta y una almohada para que no rodara, y salió por la puerta trasera. La hierba le llegaba a la cintura. La luz del atardecer convertía el solar en un mar de oro pálido. El sonido venía de cerca de una cerca de postes vencidos.
Lo vio echado entre la maleza: un potro recién nacido, castaño rojizo, con marcas claras en las patas, el pelo todavía pegado en algunos lados, las piernas demasiado delgadas para sostener todo el mundo que le acababa de caer encima.
Rosario miró alrededor buscando a la yegua.
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