Caminó dos días más.
El camino dejó de parecer camino y empezó a parecer una ocurrencia del monte. La tierra roja se angostó, la maleza creció a los lados, las ramas se juntaron arriba en algunos tramos formando túneles verdes que tapaban el sol y confundían la vista. Rosario iba perdiendo noción del rumbo, pero seguía poniendo un pie delante del otro con terquedad de animal herido. Le dolían las piernas. El brazo izquierdo, con Benito, le hormigueaba casi todo el tiempo. La comida se había terminado. En la cantimplora quedaba apenas un fondo de agua que ella racionaba en tragos cortos, mojándole antes los labios al niño con la punta de los dedos.
Fue al final de la tarde del segundo día, cuando la luz se puso espesa y dorada, que vio el portón.
Era de madera vieja, gris por el tiempo, con una tranca de hierro oxidada que no estaba cerrada, solo recargada. Detrás se abría un sendero de tierra cubierto a medias por hierba alta. El sendero subía hasta una casa baja de adobe con techo de teja, ventanas casi escondidas por la maleza y un porche angosto donde una banca envejecía en silencio. A los lados crecían árboles frutales olvidados, troncos gruesos, ramas cargadas, frutos sin cosechar. Todo el lugar tenía esa tristeza tranquila de las cosas que alguien quiso mucho y luego dejó atrás.
Rosario se quedó quieta frente al portón.
Había visto abandono antes. Lo reconocía. Pero en aquel rancho había algo más. Algo parecido a un espejo.
Ella también venía siendo dejada atrás por el mundo.
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