Me sequé los ojos y asentí. Luego, caminé hacia el hombre que había cambiado mi vida.
Conocí a Callahan en el sótano de la misma iglesia donde íbamos a casarnos.
Él daba clases de piano allí tres tardes a la semana a unos niños que siempre se equivocaban al contar el compás y cantaban con más fuerza de la que ponían al tocar el instrumento. La primera vez que lo escuché, estaba corrigiendo el ritmo de un niño pequeño con más paciencia de la que jamás había oído en la voz de un hombre.
—Otra vez —le dijo Callahan al niño con suavidad—. Más despacio esta vez, amigo. ¡La canción no se te va a escapar!
Sonreí incluso antes de verlo.
Estaba sentado al piano vertical, con gafas oscuras; una mano descansaba suavemente sobre las teclas, mientras que la otra rascaba detrás de las orejas del perro dorado que estaba tumbado a su lado. Buddy llevaba un arnés y la expresión de profunda paciencia de una criatura que ya lo comprendía todo sobre la vida.
Para entonces, yo tenía treinta años y apenas había salido con nadie en serio. Los hombres que conocía solo veían mis cicatrices. Con el tiempo, acabé exhausta de esas miradas.
Nadie parecía dispuesto a mirar el tiempo suficiente como para encontrar mi corazón. Solo veían mercancía dañada.
Leave a Comment