Mientras hablábamos en voz baja, el ambiente parecía cada vez más incómodo. Sabíamos que probablemente estábamos exagerando, pero la sensación de extrañeza no desaparecía. Era sorprendente cómo algo tan pequeño podía alterar por completo la tranquilidad de una mañana normal.
Aquel instante fue una extraña lección: basta con que algo desconocido aparezca en un lugar cotidiano para que nuestra percepción de seguridad se tambalee.
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