Observó.
Durante el despegue, Alejandro le tomó la mano. Cuando apagaron el letrero del cinturón, Renata se quitó los tacones y recargó la cabeza en su hombro. Minutos después, se acomodó sobre sus piernas, tapada con una manta de la aerolínea, mientras Alejandro le acariciaba el cabello con una ternura que Valeria llevaba meses rogando en casa.
Una sobrecargo se acercó.
“Señor, ¿su esposa quiere algo de tomar?”
Alejandro no corrigió nada.
“Agua mineral, por favor”, respondió.
En ese instante, a Valeria no se le rompió el corazón. Se le endureció.
Se levantó despacio, alisó su saco azul marino y caminó hacia primera clase. Sus tacones sonaron suaves, pero para Alejandro fueron como disparos.
Cuando su sombra cayó sobre él, levantó la mirada.
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