Hasta que escuchó su voz.
“Siéntate junto a la ventana, preciosa. Yo te acomodo la maleta.”
Valeria se congeló.
Se asomó por el pasillo y lo vio. Alejandro. Su esposo de cinco años. Traje gris impecable, reloj caro, sonrisa de hombre seguro de que nadie lo podía tocar. Frente a él estaba Renata, su asistente de veintiséis años, la misma que en la posada de la empresa se le pegaba demasiado, se reía demasiado fuerte y tocaba su brazo como si ya le perteneciera.
Renata llevaba un abrigo beige que Valeria recordaba haber visto en una foto de oficina. Se sentó en primera clase con una naturalidad ofensiva, como quien ocupa un lugar que cree ganado.
Valeria no gritó.
No lloró.
No hizo una escena.
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