“Son como madre e hija”.
Tenía pasteles de cumpleaños con mi nombre glaseado. Dinero para el día de la foto doblado en un sobre. Cuadernos y lápices al principio de cada curso escolar.
La gente de la iglesia sonreía y decía: “Son como madre e hija”.
“Es mi niña”, decía la abuela. “Eso es todo”.
Teníamos rituales.
A veces se quedaba dormida a mitad de capítulo.
Té de los domingos con demasiada azúcar. Juegos de cartas en los que “olvidaba” las reglas cuando yo empezaba a perder. Viajes a la biblioteca en los que fingía hojear por su cuenta y acababa en la sección infantil junto a mí.
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