La tetera silbaba. La serví. Me senté. Por fin abrí el sobre.
Su letra me golpeó más fuerte que cualquiera de los discursos del funeral.
Y así, sin más, volví a tener seis años.
Mi niña, empezó.
Si estás leyendo esto, mi testarudo corazón por fin se rindió. Siento volver a dejarte sola.
¿Otra vez?
Fruncí el ceño, pero seguí adelante.
Antes de decirte lo más duro, quiero que recuerdes algo: siempre fuiste deseada. No lo dudes ni por un solo segundo.
Y así, sin más, volví a tener seis años.
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