Cuando llegó el momento del brindis, Gabriela comenzó con palabras suaves. Agradeció los años compartidos, los viajes, la estabilidad.
Por unos segundos, parecía sincera.
Luego, su tono cambió.
Dijo que ya no se sentía viva a mi lado, que le faltaba emoción, que su juventud se había apagado conmigo. Y sin rodeos, confesó que estaba con Diego, un hombre de 35 años.
El silencio se apoderó del lugar.
Hasta que mis hijas empezaron a aplaudir.
—“Por fin”, dijo una.
—“Siempre elegiste el trabajo antes que nosotras”, agregó la otra.
Alrededor, todos observaban sin saber cómo reaccionar.
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