El restaurante era uno de los más exclusivos de la ciudad. Todo estaba perfectamente organizado: flores delicadas, música en vivo, luces cálidas y vino caro.
Gabriela lucía un vestido rojo que yo mismo le había regalado días antes.
Mis hijas apenas me miraban. Una mostraba desprecio sin disimular. La otra no soltaba el teléfono.
Yo sonreía por cortesía, pero en el fondo sabía que algo no estaba bien.
Lo que nadie imaginaba era que yo también llevaba meses preparándome… en silencio.
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