No respondí de inmediato. Lo miré fijo, tratando de encontrar en su rostro al niño que crié, al que protegí, al que amé más que a mi propia vida.
Pero no estaba.
En su lugar había un hombre distante, endurecido, con una mirada que no reconocía.
—¿Tu casa? —pregunté con calma, aunque por dentro todo temblaba.
Él suspiró, sacó una carpeta y una lapicera.
—Sí. Tengo un contrato. Esto ahora es mío. Necesito que te vayas lo antes posible.
No levantó la voz. No fue agresivo. Pero su tono era aún peor: frío, calculado… definitivo.
Leave a Comment