Se llamaba Martín.
Se había ido seis años atrás sin dar explicaciones. Sin una llamada, sin una carta. Solo dejó su habitación vacía y una madre esperando respuestas que nunca llegaron.
Durante años, imaginé este momento. Lo soñé de mil formas: que volvería arrepentido, que me abrazaría fuerte, que lloraríamos juntos.
Pero la realidad fue otra.
Martín me miró con frialdad. Sin emoción. Sin culpa.
Y entonces dijo:
—Mamá… ¿cuánto tiempo necesitás para salir de mi casa?
Sentí que el mundo se detenía.
Leave a Comment