No lo eché.
Tampoco lo abracé.
Simplemente caminé hacia la cocina y le dije:
—Si querés quedarte… podés hacerlo. Pero no como dueño. Como hijo. Y eso implica algo que parece que olvidaste.
Él levantó la vista.
—¿Qué cosa?
—Respeto.
Sus ojos se humedecieron por primera vez.
No dijo nada más.
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