El billete de lotería llegó por casualidad.
Una parada en una estación de servicio. Una compra sin pensar.
Lo olvidé durante cuatro días.
Hasta que lo revisé.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Había ganado 89 millones de dólares.
No grité. No lloré.
Solo guardé el boleto dentro de mi Biblia.
Y no le dije nada a nadie.
Leave a Comment