Un día, sin querer, escuché una conversación.
La voz de Verónica, clara desde el otro lado de la pared:
— Come nuestra comida, usa nuestros servicios… ¿y qué aporta exactamente?
No me moví. No hice ruido.
Solo entendí.
No era una sensación mía.
Era real.
Y aun así… me quedé.
Porque era mi hijo.
Porque perder a Ricardo ya había sido suficiente dolor.
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