—No, Diego —dije—. Nunca lo fue.
Hubo respiraciones agitadas al otro lado.
Lucía intentó intervenir.
—¡Esto es ilegal! ¡Vamos a demandar!
El hombre del traje simplemente levantó una mano.
—Pueden consultar a sus abogados. Todo está en orden.
Yo escuchaba cada palabra.
Cada grieta en su seguridad.
Cada segundo en el que su mundo… se desmoronaba.
—Papá, por favor… —la voz de Diego cambió—. Hablemos.
Ahí estaba.
No el hombre arrogante de la noche anterior.
No el “rey” de su pequeño imperio.
Sino un niño… asustado.
Pero ya era tarde.
—Tienes hasta las seis —repetí—. Te sugiero que empieces a empacar.
Colgué.
Y por primera vez en años… sentí silencio dentro de mí.
No vacío.
Silencio.
Pasaron horas.
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