Me empujó al suelo de mármol.
Luego tomó el bate decorativo que estaba en la pared.
Y comenzó a golpear.
No me defendí.
No porque fuera débil.
Sino porque ya había terminado.
Cada golpe… me quitaba algo.
Orgullo.
Amor.
Esperanza.
Justificaciones.
Para cuando llegó el golpe número quince… ya no era su padre.
Solo una sombra que él quería borrar.
Cuando se detuvo, respiraba como si hubiera ganado algo.
Lucía seguía sentada.
No lo detuvo.
Ni siquiera parecía ver algo malo en ello.
Me limpié la sangre de la boca.
Lo miré por última vez.
Y entendí una verdad que muchos padres descubren demasiado tarde:
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