Como debía ser.
Yo la había comprado.
Cinco años antes, después de cerrar un gran negocio en Santa Fe, pagué la casa en efectivo. Dejé que Diego y Lucía vivieran ahí y les dije que era suya.
Pero lo que nunca les dije—la parte más importante—fue esto:
los papeles nunca estuvieron a su nombre.
La casa pertenecía a una empresa llamada Grupo Mastín Inversiones.
Y yo era el único dueño.
Para ellos, era un regalo.
Para mí, era una prueba.
Y la reprobaron… de la peor manera.
Las señales estaban ahí desde hacía tiempo.
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