—Ve a la casa. Revisa la cocina, el patio de servicio, el jardín. Todo. Y llámale al licenciado Valdés. Ya.
Me metí a las cámaras. Cinco minutos después, un sedán negro se estacionó en la entrada principal. Julián bajó primero. Del lado del copiloto salió Lorena, la misma mujer que él me había presentado como su “socia” cada vez que yo preguntaba demasiado. Iba impecable, oliendo a perfume caro, con esa sonrisa de mujer que entra en casa ajena como si ya fuera suya.
Se venían riendo.
Yo estaba postrada, con un médico contando mis días, y ellos llegaban a mi casa como quien llega a festejar.
Julián la tomó de la cintura.
—Ahora sí ya parece nuestra —dijo ella, mirando alrededor.
Nuestra.
Sentí más rabia por esa palabra que por el diagnóstico.
Fueron directo a mi despacho privado, el único cuarto que siempre mantenía con llave. Ahí guardaba escrituras, joyas de mi madre, documentos de los terrenos, cartas de mi padre y varias cosas que tal vez no valían mucho para otros, pero para mí eran mi vida entera. Vi por la cámara cómo Julián arrancaba el cuadro detrás del escritorio y dejaba al descubierto la caja fuerte. Metió el código con una seguridad que me enfermó.

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