Cuando llegamos a los 50 años (y más), el cuerpo deja de funcionar como antes. Dormir no es simplemente cerrar los ojos y ya. El sueño se vuelve más frágil, más corto y mucho más fácil de interrumpir.
Menopausia y andropausia
Trastornos como apnea del sueño, insomnio o bruxismo
Dolores crónicos en articulaciones, cadera o columna
Mayor sensibilidad a la luz, al sonido o al movimiento
Sueños agitados, ansiedad nocturna, pensamientos repetitivos
Todo esto hace que compartir la cama con otra persona —aunque sea tu alma gemela— se convierta en un verdadero desafío.
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