El secreto entre la empleada y su madre lo dejó helado
Tranquilidad.
Rodrigo miró a su madre, que en ese momento tenía las yemas de los dedos sobre una cáscara de naranja y la llevaba lentamente hacia la nariz, como si un recuerdo remoto estuviera regresando por el único camino que todavía seguía abierto.
No dijo nada más ese día.
Pero tampoco volvió a ordenar que encerraran la luz.
Por primera vez desde el diagnóstico, canceló una junta importante y pasó la tarde entera en casa.
Se sentó a unos metros de Inés, observando cómo Lucía la guiaba sin infantilizarla, cómo no le exigía que recordara nombres ni fechas, cómo aceptaba sus silencios y trabajaba con lo poco que aún respondía: los olores, la textura de la tela, las melodías antiguas, el calor del patio, el gesto repetido de doblar servilletas como quien todavía tiene una mesa que preparar.
Esa noche, Rodrigo llamó a una neuróloga geriátrica de Ciudad de México que había tratado a la madre de un socio.
Quería una segunda opinión completa.
Sin avisar a Vargas.
La doctora Elena Salas llegó al día siguiente.
Pasó tres horas evaluando a Inés, revisó expedientes, dosis, horarios, reportes, y luego pidió hablar a solas con Rodrigo y Lucía.
Su conclusión fue elegante, profesional y devastadora: no había mala intención en el manejo previo, pero sí un exceso claro de sedación preventiva y una ausencia total de estimulación significativa.
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