Cuando Paloma lo vio por primera vez, sintió como si el aire hubiera sido expulsado de sus pulmones. Aana era un hombre de 32 años, alto y de complexión atlética, que hablaba de años corriendo libre por las montañas. Su piel bronceada por el sol del desierto tenía cicatrices que contaban historias de batallas y supervivencia, pero era su rostro lo que la dejó sin palabras.
Facciones nobles enmarcadas por cabello negro que le llegaba hasta los hombros y unos ojos oscuros que parecían ver directamente a través del alma de quienes lo miraban. Pero lo que más la impactó no fue su apariencia física, sino la forma en que caminaba. A pesar de las cadenas, a pesar de estar rodeado de enemigos armados, Aana se movía como si fuera él quien tuviera el control de la situación.
No había rastro de derrota en su postura, ninguna señal de que su espíritu hubiera sido quebrado por la captura. Era como ver a un águila enjaulada que seguía siendo rey del cielo en su corazón. Este es su problema ahora, anunció el capitán Moreno mientras empujaba al prisionero hacia la pequeña casa de Paloma. tiene órdenes de mantenerlo vivo y domesticado.
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