Si causa problemas, si intenta escapar, si siquiera la mira mal, nos avisa inmediatamente. Sus palabras llevaban una amenaza apenas velada que hizo que la piel de paloma se erizara. Aana levantó la vista hacia ella por primera vez y cuando sus ojos se encontraron, Paloma sintió una descarga eléctrica que la recorrió de pies a cabeza. No era atracción, al menos no todavía.
Era algo más profundo y primitivo, el reconocimiento instantáneo entre dos almas que habían sido marcadas por el sufrimiento de maneras diferentes, pero igualmente profundas. ¿Esta es la mujer mexicana que va a civilizarme?, preguntó Aana en un español sorprendentemente claro, aunque teñido con un acento que hacía que cada palabra sonara como música extraña.
Su voz era grave, controlada, pero Paloma pudo detectar una nota de ironía que sugería que encontraba todo el arreglo tan absurdo como ella. El capitán desencadenó sus muñecas, pero dejó las cadenas en los tobillos. Puede moverse por la casa, pero no puede salir sin supervisión. Señora Herrera, espero que entienda la responsabilidad que ha aceptado. Este hombre es un guerrero peligroso.
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