La llamaron estéril, la humillaron en público y la rechazó hasta su propia familia. Pero cuando un guerrero apache llegó herido a su pueblo, nadie imaginó que él despertaría la vida que todos creían muerta en su vientre….

La llamaron estéril, la humillaron en público y la rechazó hasta su propia familia. Pero cuando un guerrero apache llegó herido a su pueblo, nadie imaginó que él despertaría la vida que todos creían muerta en su vientre….

Su rostro ovalado, enmarcado por cabello castaño, que insistía en mantener recogido en un moño perfecto, había perdido la luminosidad que una vez la caracterizó. Sus ojos verdes, que antes brillaban con sueños de maternal felicidad, ahora reflejaban una resignación que dolía ver.

Don Fernando Castillo, su esposo, era un comerciante próspero de 42 años que había visto en Paloma la esposa perfecta para continuar su linaje. Alto, de bigote meticulosamente cuidado y manos que siempre olían a tabaco caro, Fernando había sido paciente los primeros años. Pero cuando las temporadas pasaron sin novedad alguna en el vientre de su esposa, su paciencia se transformó en frustración, después en resentimiento y finalmente en desprecio abierto.

“Una mujer que no puede dar hijos no es mujer”, había murmurado Fernando esa mañana durante el desayuno sin siquiera levantar la vista de su periódico. Las palabras cayeron sobre la mesa como gotas de veneno, manchando para siempre lo que quedaba de su matrimonio. Paloma continuó sirviendo el café con manos temblorosas, fingiendo que no había escuchado lo que su alma ya sabía desde hacía meses.

Su matrimonio había terminado mucho antes de que él pronunciara esas palabras crueles. El pueblo entero parecía estar al tanto de su condición. Las mujeres en el mercado bajaban la voz cuando ella pasaba, susurrando comentarios que llegaban a sus oídos como dagas. Pobrecita, 5 años y nada.

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