En el polvoriento pueblo de San Miguel del Valle, enclavado entre las montañas de Sonora en el año 1878, vivía una mujer cuyo nombre había sido pronunciado con lástima durante los últimos 3 años.
Paloma Herrera caminaba por las calles empedradas con la cabeza en alto, pero cada paso que daba resonaba como un recordatorio doloroso de su fracaso más grande. No había podido darle un hijo a su esposo durante cinco largos años de matrimonio. A los 28 años, Paloma había visto como todas sus amigas de la infancia se convertían en madres orgullosas mientras ella permanecía con el vientre vacío y el corazón cada día más pesado.
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