Sus manos se rozaban constantemente mientras trabajaban juntos, preparando medicinas y organizando las hierbas que Paloma había ido recolectando bajo su guía. Cada contacto accidental enviaba ondas de electricidad a través de su piel, despertando sensaciones que había creído muertas para siempre.
Ayana era paciente, gentil, pero había una intensidad en sus ojos cuando la miraba que hacía que algo profundo en su vientre se removiera con vida propia. Una tarde de noviembre, mientras el sol se ponía pintando el cielo de colores imposibles, Aana le enseñó sobre las hierbas específicas que las mujeres apaches usaban para despertar la fertilidad.
Tu pueblo ve la esterilidad como una sentencia final”, dijo mientras molía cuidadosamente semillas de aní estrellado. “Mi pueblo la ve como un sueño del que el cuerpo puede despertar cuando encuentra la medicina correcta. ¿De verdad crees que es posible?”, preguntó Paloma con voz apenas audible, como si hablar muy alto pudiera quebrar el hechizo frágil de la esperanza.
“¿Crees que una mujer como yo podría?” Aana dejó de moler y se volvió hacia ella, tomando sus manos entre las suyas. El contacto la hizo temblar, no de miedo, sino de un anhelo tan profundo que amenazaba con abrumarla. No es sobre creer dijo con esa voz grave que siempre parecía llegar directamente a su alma. Es sobre despertar lo que siempre estuvo ahí, pero las hierbas son solo parte de la medicina.
La parte más importante es el amor verdadero, el que conecta dos espíritus de manera tan profunda que pueden crear vida nueva juntos. Sus palabras colgaron en el aire entre ellos como promesas no pronunciadas. Paloma sintió lágrimas quemándole los ojos, pero por primera vez en años no eran lágrimas de tristeza, eran lágrimas de una esperanza tan intensa que dolía físicamente.
“Ayana”, murmuró, pero él puso un dedo suavemente sobre sus labios. SH, susurró, acercándose hasta que pudo sentir su aliento cálido contra su mejilla. Algunos sentimientos son demasiado sagrados para las palabras. El primer beso llegó como la lluvia después de una sequía eterna, suave al principio, casi reverente, como si él entendiera que estaba tocando algo que había estado quebrado durante tanto tiempo, que cualquier presión adicional podría hacerlo añicos. Pero cuando Paloma respondió, entregándose al momento con una pasión que no sabía que
aún poseía, el beso se profundizó hasta convertirse en una declaración silenciosa de amor y promesa. Cuando se separaron, ambos temblaban. Paloma se dio cuenta de que por primera vez en su vida había sido besada por un hombre que la veía completa, no como una función que debía cumplir o un problema que debía resolver.
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