Los 4 hombres se detuvieron a escasos 10 metros de la chatarra. Carmen, petrificada en la oscuridad del interior, apretó el sobre amarillento contra su pecho. Su corazón latía tan fuerte que temió que lo escucharan desde afuera.
—El patrón Artemio dijo que limpiáramos el terreno de una buena vez —murmuró uno de los matones, destapando el bidón de gasolina y salpicando el pasto seco alrededor del camión.
—Espérate —ordenó el más alto, encendiendo un cigarro con calma—. El patrón también dijo que no hiciéramos un escándalo si la vieja seguía viva. Sólo dale el aviso para que entienda por las buenas.
El hombre recogió una piedra del tamaño de un puño y la estrelló violentamente contra el último panel de vidrio intacto del camión. Los cristales cayeron como lluvia sobre los pies de Carmen, quien se mordió el labio para no gritar.
—¡Vieja, sabemos que estás ahí metida! —gritó el hombre hacia el interior—. Tienes 2 días para largarte lejos de estas tierras. Si el patrón Artemio te vuelve a ver respirando en este monte, le prendemos fuego a este basurero contigo adentro.
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