Carmen sintió que el aire abandonaba sus pulmones. El mundo le dio vueltas. Miró a Luis, buscando una explicación, rogando en silencio que todo fuera una broma cruel. Pero el cobarde muchacho de 22 años simplemente bajó la cabeza y salió huyendo hacia la calle de terracería sin decir 1 sola palabra. La traición familiar le dolió en el pecho más que cualquier otra enfermedad. 75 años de vida, de trabajo honesto desde la madrugada hasta el anochecer, borrados por la ambición y los vicios de su propia sangre.
—Tiene 1 hora para sacar sus chivas —sentenció Artemio con una sonrisa torcida, dándose la vuelta—. Y agradézcame que le doy tiempo.
La anciana no lloró en ese momento. Su dignidad era más grande que su tragedia. Empacó 2 mudas de ropa en una bolsa de plástico, tomó un viejo rebozo que su difunto esposo le había regalado, 1 botella de agua y salió por la puerta. Los vecinos miraban desde las ventanas, los perros ladraban, pero nadie hizo nada; Artemio era dueño de casi todo el comercio del pueblo y el miedo paralizaba a la gente. Carmen caminó bajo el sol ardiente de México, adentrándose en los caminos de agave y matorrales, alejándose de la traición.
Caminó durante 4 horas sin rumbo fijo, con los pies ampollados y el corazón destrozado. Fue entonces, al doblar una curva entre inmensos nopales y mezquites, que lo vio: un viejo camión de pasajeros Dina, oxidado, sin llantas y abandonado en el fondo de un barranco, completamente devorado por la maleza seca. Los vidrios estaban rotos, la pintura azul original casi había desaparecido bajo el óxido, pero el techo aún aguantaba.
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