Sentí gravedad.
Luego fui a la casa verde.
Toqué el timbre.
Abrió Clara. Me miró con cortesía desconfiada.
—Busco a Javier —dije—. Es urgente.
Me dejó pasar al patio trasero. Él estaba junto a una mesa con herramientas, arreglando una maceta rota. Cuando volteó y me vio, su rostro perdió todo el color.
—Mariela…
Saqué un sobre y se lo entregué.
—Son documentos legales. Léelos.
Sus manos temblaron mientras pasaba las páginas. Demandas. Órdenes de inmovilización. Notificaciones de la fiscalía. Su respiración se volvió irregular.
—¿Qué hiciste? —murmuró.
—Yo no hice nada, Ernesto. Solo dije la verdad.
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