Esa era su hora sagrada: guardaba sus cosas, se bañaba rápido en los vestidores y aparecía impecable a las seis, como una empleada más. Nadie sospechaba que dormía ahí para no gastar en pasajes, para no perder cuatro horas diarias en trayectos imposibles desde Ecatepec y, sobre todo, para no volver a la casa donde su padrastro convertía cada noche en una amenaza.
Los pasos se acercaron.
Camila se aplastó contra los estantes, alisándose la camiseta con la que había dormido. Las luces del pasillo principal se encendieron de pronto, y una sombra larga se proyectó sobre el suelo pulido.
—Sí, ya llegué —dijo una voz masculina al teléfono—. No, no hay nadie. Solo voy a revisar unas cosas antes de que empiece el turno.
No era la voz de un supervisor. No era el tono cansado de los de limpieza. Era una voz educada, segura, de alguien acostumbrado a que lo escucharan. Camila se asomó apenas entre los productos arrumbados y lo vio.
Traje gris oscuro. Zapatos impecables. Reloj brillante. Cabello peinado hacia atrás. La espalda recta de quien nunca ha tenido que encorvarse para pedir nada.
Y entonces lo reconoció.
Había visto su fotografía muchas veces en el cuadro de la entrada.
Alejandro Ibarra. Dueño de toda la operación.
Camila sintió que el alma se le iba al suelo.
Si la descubría, la despediría. Era lo lógico. Nadie quería una empleada viviendo ilegalmente entre cajas y montacargas. Y si la despedían, se acababa todo: el sueldo, la seguridad, la posibilidad de ahorrar algo, la mentira diaria que le permitía seguir respirando.
Alejandro guardó el teléfono en el saco, avanzó unos pasos hacia la oficina de supervisión y de pronto se detuvo. Frunció el ceño. Giró lentamente hacia la sección donde Camila estaba escondida.
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