La pobre camarera se percató del punto rojo en el pecho del jefe de la mafia y fue la primera en actuar…

La pobre camarera se percató del punto rojo en el pecho del jefe de la mafia y fue la primera en actuar…

Cuando quedaron solos, Gabriel observó a Nicolás tirado en el piso, sangrando y vencido. Pudo haberlo matado. Mía lo supo. Pero guardó el arma.

—La muerte te saldría barata —dijo—. Vas a vivir mucho tiempo recordando que lo tuviste todo y lo perdiste por traidor.

Después caminó directo hacia la cocina.

Mía seguía ahí, con el uniforme holgado, los lentes torcidos y el corazón desbocado.

Gabriel se detuvo frente a ella, le quitó despacio los lentes y la miró como si no hubiera nadie más en el mundo.

—Estás despedida.

Mía parpadeó.

—¿Qué?

—Eres pésima mesera. Gritas a los clientes, tiras cosas, lanzas charolas, vuelas galerías…

Ella soltó una risa incrédula.

Gabriel sacó una pequeña caja de terciopelo que había recuperado antes del tiroteo.

—Pero tengo otra vacante. Socia. El sueldo es terrible, el horario es infinito y de vez en cuando intentan matarte.

Mía lo miró, luego miró la ciudad encendida detrás de los ventanales, ese monstruo que casi la había tragado y que ahora parecía abrirse ante ellos.

—¿Incluye seguro médico?

Por primera vez, Gabriel sonrió sin sombra alguna.

—Cobertura total.

Mía asintió.

—Entonces acepto.

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