Ella guardaba las cajas vacías del trabajo y nadie sabía por qué… el Millonario la siguió un día y…

Ella guardaba las cajas vacías del trabajo y nadie sabía por qué… el Millonario la siguió un día y…

—Buenas tardes.

Alejandro respondió automáticamente, incapaz de apartar los ojos de la biblioteca.

Camila, muerta de pena, dejó un vaso de jugo frente a él.

—Las cajas… son para eso —dijo al fin, casi en un susurro—. Para los libros de mi hermano. Si las doblas bien y las refuerzas, aguantan. Y cuando llueve, también ayudan a tapar.

Nico intervino con orgullo.

—Mi hermana la hizo toda sola. Y cada sábado me lleva a la biblioteca del centro. Dice que aunque no tengamos dinero, nadie nos puede quitar lo que aprendemos.

Esa frase terminó de romper algo dentro de Alejandro.

No dijo ninguna tontería compasiva. No preguntó por qué vivían así. No ofreció dinero. Solo se quedó mirando a Camila con un respeto limpio, nuevo, que ella notó y que por alguna razón la conmovió más que la caridad.

Antes de irse, dijo:

—Mañana quisiera hablar contigo. Pero si no quieres, lo voy a entender.

Camila pasó la noche entera sin dormir. Se imaginó un despido disfrazado, una propuesta humillante, una limosna elegante. Se prometió no aceptar nada que la hiciera sentir pequeña.

Al día siguiente, Alejandro la esperó en una pequeña sala vacía del piso quince.

Camila llegó con la espalda recta y la desconfianza encendida.

—Si me va a ofrecer ayuda por lástima, mejor dígamelo de una vez para ahorrarnos tiempo.

Alejandro la miró unos segundos. Luego negó con la cabeza.

—No vengo a humillarte. Vengo a pedirte perdón por haberte seguido. Y a decirte que vi algo que no he podido sacar de mi cabeza.

Camila cruzó los brazos.

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