Ella guardaba las cajas vacías del trabajo y nadie sabía por qué… el Millonario la siguió un día y…

Ella guardaba las cajas vacías del trabajo y nadie sabía por qué… el Millonario la siguió un día y…

Por un segundo no supo qué la humillaba más: que la hubiera seguido o que ahora él estuviera viendo aquello.

—Señor Villaseñor… —murmuró.

Alejandro tragó saliva. Toda la seguridad que tenía en una junta de negocios se le fue de golpe.

—Perdón. No debí venir así.

Antes de que Camila pudiera responder, una voz anciana salió del interior.

—¿Quién es, mija?

Apareció doña Refugio, su abuela, encorvada pero con los ojos afilados como cuchillo viejo. Miró a Alejandro de arriba abajo y luego a Camila, que estaba roja de vergüenza.

—No parece cobrador —dijo la anciana—. Si ya vino, que pase. Aquí no dejamos gente parada en la puerta.

Camila quiso protestar, pero ya era tarde.

Alejandro entró y el interior le apretó el alma todavía más. El piso era de tierra apisonada. Había una mesa de plástico con tres sillas desiguales, una estufa pequeña, un colchón contra la pared y, en el rincón más iluminado de la casa, algo que lo dejó sin palabras: una biblioteca hecha completamente de cartón reforzado.

No era un montón de cajas apiladas sin más. Era una estructura ingeniosa, firme, bien pensada, con niveles separados, esquinas dobles, base ancha y refuerzos internos. Sobre ella descansaban libros forrados con cuidado, cuadernos, diccionarios usados y un globo terráqueo pequeño sin base. En el piso, leyendo bajo un foco desnudo, estaba Nico.

El niño levantó la vista.

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