Ella guardaba las cajas vacías del trabajo y nadie sabía por qué… el Millonario la siguió un día y…

Ella guardaba las cajas vacías del trabajo y nadie sabía por qué… el Millonario la siguió un día y…

Aquella tarde salió por la puerta trasera del edificio con el cuerpo cansado y las manos resecas por el cloro. La Ciudad de México rugía igual que siempre: camiones, vendedores de tamales, puestos de quesadillas, cláxones, humo, gente corriendo con el reloj pegado a la espalda. Tomó el microbús hacia Iztapalapa y se sentó junto a la ventana, abrazando su mochila contra el pecho. Dentro, las cajas crujían levemente.

Pensó en Nico, su hermano de nueve años, que la estaría esperando con la tarea de español. Pensó en su abuela Refugio, que últimamente tosía más por las noches. Pensó en la casa hecha de madera, láminas y lonas, en las goteras que todavía no lograba tapar del todo, en el rincón donde el viento se colaba en invierno. Y pensó, sobre todo, en lo que haría esa noche con las cajas nuevas.

Lo que Camila no sabía era que alguien llevaba días observándola.

Alejandro Villaseñor tenía treinta y cinco años, un apellido pesado, una fortuna heredada y otra multiplicada, y estaba acostumbrado a que todo a su alrededor tuviera explicación. Era dueño del corporativo donde Camila trabajaba limpiando pisos, y era de esos hombres que aparecen en revistas de negocios con trajes impecables y sonrisas medidas. Nunca bajaba a los pisos de mantenimiento. Nunca se detenía a mirar a la gente que empujaba carritos de limpieza. Hasta que vio a Camila.

La primera vez fue por accidente. Ella estaba de rodillas recogiendo los pedazos de una maceta rota en el octavo piso antes de que llegaran los ejecutivos. No sabía que él la miraba desde el otro extremo del pasillo. Alejandro se quedó inmóvil viendo la concentración de aquellas manos pequeñas, rápidas, seguras. No era solo que limpiara bien. Era la forma en que hacía cada cosa, como si hasta el detalle más mínimo mereciera respeto.

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