Ella guardaba las cajas vacías del trabajo y nadie sabía por qué… el Millonario la siguió un día y…

Ella guardaba las cajas vacías del trabajo y nadie sabía por qué… el Millonario la siguió un día y…

Ella guardaba las cajas vacías del trabajo y nadie sabía por qué… el Millonario la siguió un día y…

Camila Reyes guardaba las cajas vacías del trabajo como si fueran oro, y en el Corporativo Monte Real todos pensaban que eso era rarísimo. Nadie se atrevía a preguntarle de frente, pero las miradas la seguían por los pasillos brillantes del piso doce cada vez que se agachaba a rescatar una caja de papel, de tóner o de archivos. Mientras las demás empleadas de limpieza vaciaban botes y seguían de largo, Camila se detenía, alisaba el cartón con cuidado, doblaba las esquinas con una precisión casi amorosa y lo acomodaba junto a su carrito.

Era su tercera semana en la empresa, y ya había rumores.

—Algo ha de vender con eso —decía una.

—O a lo mejor está medio loca —susurraba otra.

Camila fingía no oír. A las seis de la tarde, cuando terminaba el turno, guardaba las cajas en una mochila vieja y se iba sin explicar nada. No lo hacía por misterio, sino porque había aprendido que la gente juzga más rápido de lo que entiende, y explicar la pobreza siempre deja un sabor amargo, como si una tuviera que pedir disculpas por sobrevivir.

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