—Eso significa —continuó Paola— que al principio no pensaba acusarte. La pregunta es: ¿qué cambió?
No alcanzó a decir más porque en ese momento entró otra llamada. Era del Hospital San Gabriel.
Contesté.
Una mujer con voz profesional se presentó como trabajadora social. Me pidió que fuera esa misma tarde, solo, para hablar de Renata. El corazón se me aceleró.
—¿Está bien?
—Está estable. Pero hay información que debe conocer.
Llegué con media hora de anticipación. Me hicieron pasar a una oficina pequeña. La mujer, de unos cuarenta y tantos años, cerró la puerta antes de hablar.
—Señor Ortega, Renata lo registró a usted como padre del bebé en su expediente prenatal.
—Sí, pero no soy yo.
Asintió.
—Se realizaron estudios de rutina y hubo inconsistencias. Necesitamos corroborar algunos datos. ¿Cuál es su tipo de sangre?
—AB negativo.
Ella bajó la mirada a la carpeta.
—¿Y su esposa?
—A positivo.
Tomó aire y levantó los ojos.
—El feto tiene tipo de sangre B positivo. Genéticamente, usted no puede ser el padre.
No recuerdo haber respirado en varios segundos.
—¿Renata ya lo sabe?
—Se lo informarán mañana por la mañana.
Salí del hospital con las piernas flojas y llamé de inmediato a Paola.
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