Luego llamé a Hernán.
—Ya mordió el anzuelo —le dije.
Esa noche, además, escuché algo peor.
Había dejado un pequeño dispositivo de grabación en el despacho de la casa mucho antes de irme. Desde el motel donde me escondía, oí la discusión entre Mariana y Rodrigo. Ella necesitaba un adelanto en efectivo del Grupo Cumbres Verdes. Quería apartar un penthouse en Puerto Vallarta a su nombre. No pensaba llevarse a Rodrigo con ella.
—Tú solo eres la firma —le dijo con desprecio—. El cerebro soy yo.
Rodrigo, por primera vez, sonó destruido.
Aun así, aceptó ayudarla cuando ella propuso falsificar mi firma real.
Ahí terminó de romperse algo en mí.
No solo me habían querido sacar del rancho. También estaban dispuestos a cometer fraude para venderlo.
El lunes por la mañana, Mariana y Rodrigo acudieron a la firma del contrato con el Grupo Cumbres Verdes. Llegaron convencidos de que recibirían quince millones de dólares por la venta. Rodrigo creía que eran diez. Mariana planeaba quedarse con cinco y huir.
Entré a la sala de juntas a las diez en punto.
No iba vestido como un viejo al que podían empujar hacia un asilo. Llevaba un traje negro a la medida, botas brillantes, la espalda recta y el expediente del fideicomiso bajo el brazo. Hernán venía a mi lado. Detrás de nosotros, dos agentes de la fiscalía especializada en delitos patrimoniales.
La puerta se abrió de golpe.
Todos voltearon.
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