Entró dudando, como si el simple hecho de cruzar la puerta ya le costara trabajo. Yo estaba cepillando a Relámpago, el caballo alazán que Elena adoraba.
—Papá… —dijo.
—Felicidades, hijo.
Se quedó de pie, jugando con el gemelo de su camisa.
—Mariana está un poco estresada. Ya sabes cómo son estas cosas. Quiere que todo salga perfecto para los inversionistas.
Yo esperé. Mi hijo nunca se disculpaba sin traer una segunda intención en la bolsa.
Y entonces llegó.
—Queríamos pedirte un favor. Bueno… en realidad, necesitamos que nos prestes la suite principal unos días. Mariana quiere despertar ahí mañana, con la vista completa del valle. Dice que es simbólico.
La suite principal.
Mi recámara.
La recámara donde Elena y yo dormimos cuarenta y cinco años.
Donde la sostuve en brazos la última noche que respiró.
Rodrigo siguió hablando, cada vez más rápido.
—Solo mientras llegan los inversionistas otra vez el próximo fin de semana. Tú podrías dormir en el cuarto de arreos del establo. Tiene catre, está techado… y como pasas más tiempo aquí con los animales, pues…
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