—Soy el padre del novio.
—Sí, claro —respondió con una risita seca—, pero tenemos a los inversionistas del Grupo Cumbres Verdes en esta zona. Usted estará más cómodo atrás, en la mesa del personal. Cerca de la cocina.
Luego inclinó la cabeza y remató, muy bajito:
—Además… huele a establo.
No respondí. Solo miré por encima de su hombro y vi a Rodrigo riéndose con un grupo de hombres de saco azul marino y sonrisas caras. Nuestros ojos se cruzaron un segundo. Vio a su esposa impidiéndome entrar a mi propio lugar… y apartó la mirada.
No fui a la mesa del personal.
No fui a sentarme junto a los baños portátiles.
Tomé una cerveza de una bandeja y caminé hasta el establo.
Allí me encontró Rodrigo media hora después.
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