Una criada cargó al hijo herido de un jefe de la mafia en medio de una tormenta; a la mañana siguiente, su vida había cambiado por completo.

Una criada cargó al hijo herido de un jefe de la mafia en medio de una tormenta; a la mañana siguiente, su vida había cambiado por completo.

Lo levantó como pudo. O intentó levantarlo. Leonardo medía más de metro noventa y pesaba como si lo hubieran tallado en piedra. Abril apenas rebasaba el metro sesenta. Así que no lo cargó: lo arrastró, lo sostuvo, se puso debajo de su brazo y lo fue sacando paso a paso de la casa hacia la noche.

La lluvia le cortaba la cara. El lodo le tragó un zapato. El bosque era un infierno de raíces, rocas y ramas mojadas. Cada vez que Leonardo se desplomaba, ella lo levantaba jalándolo de las solapas del saco ensangrentado.

—¡No se me muera! —le gritaba—. ¡No pienso perder mi turno y mi zapato para que usted se vuelva cadáver!

Él soltó una risa rota, casi inaudible.

—¿Cómo… te llamas?

—Abril.

—Abril… si salimos de esta… te duplico el sueldo…

—Si salimos de esta, renuncio.

Veinte minutos después, cuando Abril sentía que los pulmones le ardían y la espalda iba a partirse, apareció entre la maleza la silueta de la cabaña. Vieja, invadida por hiedra, inclinada por el tiempo, pero en pie.

Metió a Leonardo a rastras, cerró la puerta de una patada y buscó a tientas algo con qué alumbrarse. Encontró un farol de queroseno y una caja de cerillos. Cuando la luz amarilla llenó la habitación, el horror se volvió claro.

Leonardo se estaba muriendo.

El disparo del abdomen no había reventado órganos vitales, pero sí algo peor: una vena que seguía sangrando sin parar. Abril arrancó su delantal y lo rompió en tiras. Tomó un cuchillo viejo de la repisa, cortó la camisa cara del heredero y respiró hondo.

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