El viento irrumpió con un aullido salvaje, cargando lluvia, hojas muertas y un olor metálico que Abril reconoció al instante: sangre.
Entonces lo vio. Un hombre alto, tambaleándose en el umbral, recortado por un relámpago. Dio dos pasos torpes y cayó de bruces sobre el mármol blanco. Una mancha oscura empezó a extenderse bajo su cuerpo.
Abril retrocedió aterrada. Su instinto le gritaba que corriera a los túneles de servicio, que se escondiera, que fingiera no haber visto nada. Pero el hombre soltó un gemido áspero, humano, y ella se acercó arrastrándose.
Era Leonardo Montemayor.
Lo había visto un par de veces a distancia: impecable, arrogante, con traje a la medida y esa mirada fría de quien jamás había pedido permiso para nada. Ahora estaba irreconocible. El traje gris carbón estaba hecho jirones. Tenía un disparo en el hombro y otro, mucho peor, en el abdomen, del que brotaba sangre con un pulso aterrador.
—Señor Montemayor… —balbuceó.
Los ojos de él se abrieron apenas. La sujetó de la muñeca con una fuerza sorprendente.
—Traición… —murmuró, ahogándose en cada palabra—. Samuel… Samuel Rivas vendió la casa… vienen subiendo la montaña…
Abril sintió que se le congelaba el alma. Samuel Rivas era el jefe de seguridad de la hacienda. Si él había traicionado a la familia, entonces los guardias, las radios, las cámaras, todo estaba comprometido.
—Tengo que llamar una ambulancia —dijo ella, buscando el radio de su delantal.
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