Se reía.
Don Ernesto, de sesenta y ocho años, cayó de rodillas sobre el asfalto caliente y extendió las manos temblorosas para rescatar lo poco que podía de entre la basura, el polvo y la vergüenza. Su carrito de hot dogs no era solo un negocio. Era su comida, su renta, sus medicinas para la presión… y el único modo que tenía de seguir ayudando a su nieta Valeria desde que su hija se había ido a Estados Unidos a buscar trabajo.
Todo había ocurrido por un lugar de estacionamiento.
—¡Te dije que quitaras eso! —gritó el agresor, un tipo corpulento de unos treinta y tantos años llamado Bruno Castañeda, camisa cara, reloj brillante, cara de hombre acostumbrado a que el mundo se moviera cuando él fruncía la ceja—. ¡Estabas tapando mi entrada!
Don Ernesto intentó ponerse de pie, pero una rodilla le falló.
—Joven, nomás eran cinco minutos… —alcanzó a decir con voz rota—. Ya me iba a mover…
Bruno soltó una carcajada.
Leave a Comment