Clara avanzó un paso, lo suficiente para quedar entre él y la puerta de la cabaña.
—Tú ya arreglaste todo, ¿recuerdas? —dijo con calma.
Él frunció el ceño.
—Eso fue distinto.
—No. Fue exactamente lo mismo.
Ricardo guardó silencio.
Clara apoyó una mano en el marco de la puerta.
—Te llevaste la casa, el coche, los ahorros. Y creíste que eso era todo.
Él la miró por fin, desconcertado.
—¿No lo era?
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