Su marido se llevó la casa, el coche y la cuenta bancaria, pero se olvidó de la pequeña casa de madera que su madre le había dejado.

Su marido se llevó la casa, el coche y la cuenta bancaria, pero se olvidó de la pequeña casa de madera que su madre le había dejado.

Y con ella llegó un recuerdo.

Pinos. Tierra húmeda. La voz de su madre llamándola desde el porche de una cabañita escondida en la sierra de Pátzcuaro. Un lugar que había sido de su familia antes de que ella se casara. Un sitio olvidado por todos… menos por ella. Ricardo nunca se interesó por ese rincón del mundo. Nunca preguntó por él. Nunca le importó.

Clara cerró la mano alrededor de la llave.

Y por primera vez desde que vio alejarse el coche, dejó de pensar en lo que había perdido y pensó en lo único que quizá seguía siendo suyo.

Dos días después, con sus dos maletas y un suéter delgado, Clara bajó del último autobús en un pueblo pequeño donde el tiempo parecía avanzar más despacio. El resto del camino tuvo que hacerlo a pie. La brecha estaba medio devorada por la maleza. Cada paso le costaba trabajo, pero algo dentro de ella la empujaba: no esperanza, todavía no, pero sí una forma tenue de terquedad.

Al cabo de casi una hora la vio.

La cabaña seguía en pie.

Más pequeña de lo que la recordaba, con la madera oscurecida por el tiempo, el porche inclinado y una ventana rota en una esquina. Pero allí estaba. No la había tragado la maleza ni la lluvia ni el abandono.

—Me esperaste —susurró Clara, sin saber si le hablaba a la casa o a la memoria de su madre.

Subió los escalones con cuidado. La cerradura se resistió. Por un instante temió que la llave ya no sirviera, que también eso le hubiera sido arrebatado por los años. Pero después de un giro duro y un pequeño chasquido, la puerta cedió.

Dentro olía a madera vieja, polvo y tiempo detenido.

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