Eso fue lo que más la hirió. No el juicio. No el dinero. No la casa. Sino la certeza de que, en algún momento de su vida, su voz se había vuelto opcional. Algo que podía ignorarse sin culpa.
El viento volvió a levantar hojas secas. Ricardo metió la mano al saco y le tendió un sobre.
—Aquí hay algo de efectivo. Para que empieces.
Clara lo tomó sin sentir los dedos.
—¿Empiece dónde?
Él vaciló apenas un segundo, el suficiente para delatarse.
—Eso depende de ti.
Luego abrió la puerta del coche. Clara esperó. No sabía exactamente qué, pero esperó. Una grieta. Una disculpa. Una frase verdadera. Algo que se pareciera al hombre con quien había envejecido.
No llegó nada.
—Cuídate, Clara —dijo Ricardo, con el mismo tono con que uno termina una conversación cualquiera.
Subió al coche y se fue sin volver la cabeza.
Clara se quedó de pie junto a las dos maletas, mirando la calle vacía mucho después de que el ruido del motor desapareciera. Cuando por fin las piernas le fallaron, se sentó en la banqueta. El concreto áspero le atravesó la falda. Metió la mano en su bolso buscando un pañuelo, un rosario, algo conocido. Sus dedos tocaron un objeto pequeño, frío, sólido.
Lo sacó despacio.
Era una llave de latón, vieja, gastada en los bordes.
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